Hay algo que cambió en la forma en que elegimos dónde comer y que va mucho más allá de consultar reseñas en Google. La experiencia gastronómica se gamificó. No de una forma obvia ni declarada, sino a través de mecánicas sutiles que las aplicaciones, las redes sociales y las propias plataformas de reservas incorporaron en los últimos años y que modificaron nuestra relación con la comida sin que la mayoría de nosotros nos hayamos detenido a pensarlo.
Abrir Instagram y descubrir un restaurante nuevo por un reel que te atrapó en tres segundos, acumular puntos en una app de delivery para canjearlos por un descuento, completar el mapa de restaurantes visitados en Google Maps, dejar una reseña para subir de nivel como colaborador local.
Todo eso es gamificación aplicada a la gastronomía, y funciona exactamente con los mismos principios que utilizan los videojuegos o plataformas de entretenimiento digital como casino777.es para mantener a sus usuarios disfrutando de la mejor experiencia: recompensa, progresión y ese pequeño subidón de satisfacción cada vez que completas una acción.
El restaurante como contenido
El primer gran cambio es que el restaurante dejó de ser únicamente un lugar donde se come para convertirse en un generador de contenido. La estética del plato importa tanto como su sabor, a veces más, si somos honestos, y los locales que entendieron esto adaptaron su propuesta para ser fotogénicos.
Vajilla llamativa, montajes que piden a gritos ser grabados en video, ambientaciones diseñadas para funcionar como escenario de TikTok. No es que la comida haya dejado de importar, pero ahora comparte protagonismo con su potencial de viralización.
Este fenómeno creó una dinámica nueva: el comensal que va a un restaurante no solo para comer, sino para documentar y compartir la experiencia. La cena se convierte en contenido, el contenido genera interacción y la interacción alimenta un ciclo de descubrimiento gastronómico que funciona como un algoritmo de recomendación humano. Tu amigo sube una foto de un ramen espectacular, tú guardas el local, lo visitas, subes tu propia foto y alguien de tu red repite el proceso. La cadena se mueve sola.
El delivery como videojuego
Las aplicaciones de delivery llevaron la gamificación gastronómica a otro nivel. Rappi, Uber Eats, Glovo y sus competidores incorporaron mecánicas que cualquier diseñador de juegos como Konami reconocería al instante: programas de membresía con beneficios crecientes, cupones sorpresa que aparecen como recompensa por frecuencia de uso, ruletas de descuento que giras después de completar un pedido, rachas premiadas por pedir varios días seguidos.
El objetivo es claro: convertir el acto de pedir comida a domicilio en un hábito reforzado por estímulos positivos. Y funciona. El usuario que recibe un cupón inesperado del 30% no evalúa racionalmente si necesita pedir comida esa noche; siente que desperdiciar el descuento sería una pérdida, y ese mecanismo psicológico, la aversión a la pérdida, es exactamente el mismo que utilizan los sistemas de recompensa en prácticamente cualquier plataforma digital de entretenimiento.
Google Maps y el coleccionismo gastronómico
Hay una forma de gamificación gastronómica más discreta pero igualmente poderosa: el coleccionismo. Google Maps transformó a millones de usuarios en críticos gastronómicos amateur con su sistema de Local Guides, que premia las reseñas, fotos y contribuciones con puntos y niveles que, siendo objetivos, no sirven para nada tangible pero que generan una satisfacción sorprendente.
Subir de nivel 5 a nivel 6 como colaborador de Google Maps no te da ningún beneficio real, pero el cerebro lo procesa como un logro, y eso basta para que millones de personas sigan reseñando restaurantes gratis.
Este sistema creó una base de datos gastronómica colaborativa que cambió radicalmente la forma en que elegimos restaurante. Antes dependíamos de guías profesionales, recomendaciones de amigos o pura intuición. Hoy, cualquier persona con un celular puede consultar cientos de opiniones de comensales reales antes de sentarse a una mesa. La calidad de esas opiniones es discutible, pero su influencia en la decisión de compra es innegable.
Comer sigue siendo comer
Con toda la gamificación del mundo, la experiencia gastronómica sigue teniendo un componente irreductible que ninguna aplicación puede replicar: el sabor. Una foto espectacular puede atraerte a un restaurante, pero si la comida no está a la altura, no vuelves. Un programa de puntos puede incentivarte a repetir pedido, pero si la calidad baja, ningún cupón compensa la decepción.
La gamificación funciona como puerta de entrada, como amplificador y como mecanismo de fidelización, pero el producto final sigue siendo un plato que tiene que saber bien. En gastronomía, como en todo, el truco más viejo del mundo sigue siendo el que mejor funciona: que lo que te pongan delante merezca la pena.