La FIFA presentó el emblema oficial de la Copa Mundial 2026 el 17 de mayo de 2023 en Los Ángeles, con Gianni Infantino y Ronaldo Nazário compartiendo el escenario del lanzamiento. No fue una presentación discreta: la organización quería marcar el arranque de la cuenta regresiva hacia un torneo que, por primera vez, se reparte entre tres países.
La reacción llegó rápido y no se quedó en los canales oficiales de FIFA. Los comentarios se multiplicaron en redes, en programas deportivos y hasta en espacios que normalmente hablan de otra cosa (hilos de apuestas lol, por ejemplo, donde el diseño generó casi tanta conversación como un resultado ajustado). Lo que la organización presentaba como un concepto limpio, buena parte del público lo leyó como un paso en falso.
El diseño: trofeo real sobre una plantilla numérica
El emblema combina una imagen fotográfica del trofeo de la Copa Mundial con el número 26, que marca el año del torneo. Según la propia FIFA, se trata de un “concepto atemporal” pensado para funcionar como estructura reconocible y, al mismo tiempo, personalizable. La base se describió como una plantilla limpia y simple, con el trofeo en el centro, de forma que cada una de las 16 sedes pudiera construir su propia versión distintiva a partir del mismo esqueleto visual.
La idea es que el “26” funcione como lienzo modular: un espacio donde cada ciudad sede incorpora colores, texturas y patrones propios sin romper la unidad del sistema. La versión principal que circuló tras el lanzamiento se mostró en blanco y negro, sin colores patrios ni símbolos explícitos de Canadá, Estados Unidos o México, los tres países organizadores de esta edición.
También se destacó que era la primera vez que un emblema mundialista oficial usaba una fotografía real del trofeo en lugar de una ilustración estilizada, un giro respecto a los logos anteriores. Esa misma decisión terminó siendo uno de los puntos más discutidos: mezclar una imagen fotorrealista con una gráfica plana de números geométricos no es un matrimonio fácil, una tensión que quedó expuesta apenas se difundió el diseño.
El significado detrás de SOMOS 26
La identidad vino acompañada de una campaña con nombre propio: WE ARE 26, traducida al español como SOMOS 26. Infantino la definió como una especie de grito colectivo, el de tres países y un continente entero diciendo al unísono que están unidos para recibir al mundo. Es un mensaje de bienvenida compartida, pensado para sostener el relato de un Mundial que por primera vez se organiza entre tres sedes nacionales distintas.
Detrás de esa frase hay también una intención de diseño más amplia. La FIFA quería un sistema atemporal y permanente, pero también único y adaptable, capaz de resultar atractivo para públicos jóvenes sin perder el gancho entre los aficionados de siempre. El logo que la FIFA preparó para 2026 se pensó para el ecosistema móvil, la televisión en alta definición, las animaciones tridimensionales y las redes sociales, con la idea de vivir en pantallas antes que en papel.
Esa lógica digital explica buena parte de las decisiones visuales: nada de detalles finos que se pierdan en una pantalla pequeña, nada de ilustraciones que compitan con el movimiento. El problema es que esa misma limpieza, pensada para funcionar en cualquier formato, terminó leyéndose como ausencia de personalidad para quienes esperaban algo con más carácter futbolero.
La polémica: ¿plantilla de campaña o emblema mundialista?
Las críticas no tardaron en aparecer apenas se conoció el diseño. Comentarios como “debería haber sido algo que representara a los 3 países” y la acusación de que aquello parecía más un montaje publicitario que un logotipo circularon con fuerza desde el primer momento. Una de las objeciones más repetidas fue que el conjunto se parecía más a un marco de campaña que a un emblema tradicional de torneo, lectura que coincide con la ausencia de referencias explícitas a Canadá, Estados Unidos o México en la versión base.
Con el tiempo, la discusión se volvió más técnica. El diseñador Tom Love, de LoveGunn, señaló que colocar una fotografía realista del trofeo dentro de un sistema gráfico plano “crea una tensión incómoda”, dos lenguajes visuales que nunca terminan de encajar. Abbi Chard, directora de diseño en Cummins & Partners, y James Kirkham, fundador de Iconic, coincidieron en que la propuesta resulta flexible e inclusiva, pero también “curiosamente plana” y distante del espíritu del fútbol. El crítico Steven Heller fue más tajante y la describió, según citas recogidas por Washington Post, como un diseño sin concepto.
No todas las lecturas fueron negativas. Vlad Filon, diseñador que siguió de cerca el lanzamiento, planteó que juzgar el emblema como pieza aislada es injusto: el sistema completo incluye movimiento, color, tipografía y sonido trabajando juntos, y ahí es donde, según él, se entiende mejor la propuesta. Es una defensa razonable, aunque no resuelve la pregunta de fondo sobre si un símbolo que necesita tanto aparato alrededor es, en realidad, un símbolo fuerte por sí solo.
Tres años después de aquel mediodía en Los Ángeles, con Infantino y Ronaldo todavía en la memoria del lanzamiento, el emblema sigue funcionando como terreno de disputa: una estructura pensada para 16 sedes y tres países que, para algunos, logró flexibilidad, y para otros, perdió por el camino la emoción que se supone debía representar.